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El fin del mundo

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El fin del mundo

Un domingo en el universo Apple

Todos los domingos, a las 9:00, se publica un artículo especial con un tono más personal, relacionado con mis 20 años de aventuras en el mundo Apple. En ocasiones, el mundo parece perfectamente estable. Todo está en su sitio: las marcas tienen enemigos claros, los logos son casi banderas, y uno sabe, con la ingenuidad de quien aún no ha vivido demasiados terremotos, dónde termina cada frontera. Apple era PowerPC. Intel era el otro lado. Y Steve Jobs, en su papel de visionario, nos lo había repetido tantas veces que parecía una verdad geográfica, no tecnológica.

El año que cambió todo: 2005

Recuerdo 2005 como se recuerdan los años raros: con una mezcla de ilusión y sospecha. Apple venía de resucitar. El iMac había salvado los muebles y el iPod había puesto música en los bolsillos del mundo. Sin embargo, todavía había algo frágil en el aire, como si todo aquello pudiera desmoronarse con un mal movimiento. En ese contexto, comenzó a circular un rumor que alteraría el statu quo: Intel. Intel dentro de un Mac. Aquello sonaba a traición, a rendición, a final de época.

El rumor que lo cambió todo

Durante meses, en foros, en grupos de usuarios, y en cafés con maqueros de los de verdad, el runrún era constante. Si Apple se pasa a Intel, se acabó la magia. Se acabó la diferencia. Se acabó el Mac tal y como lo conocemos. Nadie sabía explicarlo del todo, pero todos lo sentíamos igual: aquello olía a fin del mundo. Steve Jobs llevaba años señalando a Intel como el otro: el enemigo eficiente, industrial, frío. Nosotros, en cambio, éramos otra cosa: creativos, diferentes, potentes. Y lo éramos, además, con razón.

La decisión que marcó una era

El PowerPC ofrecía músculo real, como lo demostraban las campañas. No era propaganda vacía. Pero el mundo empezaba a moverse hacia la movilidad y la eficiencia. Jobs habló de algo que entonces sonaba técnico, casi árido: potencia por vatio. Cuánta energía necesitas para conseguir determinado rendimiento. Era una conversación que no cabía en una camiseta negra sobre el escenario, pero era la conversación correcta. El PowerPC no estaba pudiendo seguir ese ritmo. Apple abandonó el PowerPC y anunció el salto a Intel por eficiencia y potencia por vatio, en una decisión que sacudió a los puristas.

El día que el infierno se congeló

Durante la Keynote, Jobs puso en pantalla aquel “It’s true” con la E ligeramente caída, como el logo de Intel. Fue una broma elegante, un guiño, un reconocimiento y, al mismo tiempo, una confesión. Apple iba a usar procesadores Intel. Hubo sonrisas tensas y silencios incómodos. En el GUM Alicante, el grupo de usuarios Macintosh al que acudía desde Elche, las caras eran largas. No era sólo un cambio técnico. Era como si alguien hubiese tocado el ADN de la compañía y a muchos de nosotros, el ego.

El futuro que no esperábamos

Lo verdaderamente perturbador vino después. Windows en un Mac. Instalar el enemigo de forma nativa. Aquello sí que parecía el infierno congelándose. Durante años, Windows había sido la frontera. Lo que no éramos. Lo que no queríamos ser. Y de pronto se convertía en una opción más, oficial, avalada desde el escenario. ¿Pero qué narices estaba diciendo Jobs? Las conversaciones cargadas de dramatismo eran inevitables. “Si puedo instalar Windows en un Mac, ¿qué diferencia queda?”. La pregunta tenía sentido en 2005. Apple aún no era el gigante incontestable que es hoy.

La fortaleza en la diversidad

Con el tiempo entendí algo que entonces no supe ver. Permitir Windows no debilitó al Mac. Lo fortaleció. Le quitó el miedo a muchos. Gente que dudaba porque sentía que abandonaba algo conocido encontró una red de seguridad. Si esto no me convence, siempre puedo volver. Y en ese margen de tranquilidad, todos se quedaron, y sé que desde entonces estáis aquí, muchos de vosotros. No por obligación, sino por elección. Permitir Windows en el Mac, lejos de debilitarlo, lo fortaleció y atrajo a nuevos usuarios. Apple demostró que estaba comprometida con una visión, no con una tecnología concreta.

El fin del mundo que nunca llegó

No fue el fin del mundo. Fue el principio de otro. Apple no se diluyó en Intel. Se hizo más fuerte. Vendió más Macs. Atrajo a usuarios que nunca se habrían atrevido a cruzar el puente sin esa promesa implícita de compatibilidad. Aquel movimiento también dejó una enseñanza más profunda. Apple no estaba casada con una tecnología concreta. Estaba casada con una visión. Si la visión exigía cambiar de socio, se cambiaba. Si el enemigo ofrecía una hoja de ruta más larga, se estrechaba la mano.

Un nuevo comienzo

Y quizá lo más importante: Apple ya había conocido el abismo. Ya había estado a punto de desaparecer en los noventa. Cuando has mirado al vacío y has vuelto, el miedo se transforma. Desde aquel día pienso firmemente que el fin del mundo para Apple era más difícil de lo que muchos pensaban. Apple había aprendido a mutar. Años después, cuando llegaron los Apple Silicon y la compañía volvió a diseñar sus propios chips, entendí que la semilla estuvo en 2005. En aquella decisión incómoda, en aquella renuncia aparente. Cambiar a Intel no fue una derrota. Fue un aprendizaje estratégico sobre el control, la eficiencia y la importancia de dominar la arquitectura.

Aprendizajes para el futuro

Lo que parecía una concesión fue en realidad una toma de impulso. Apple aprendió cómo era depender de una hoja de ruta ajena. Aprendió qué significaba negociar tiempos, consumos, límites. Y años más tarde decidió que no quería volver a estar ahí. Apple Silicon no nació de la nada. El mundo no se acabó cuando Intel entró en casa. El mundo cambió. Y Apple, una vez más, decidió cambiar con él. A veces creemos que el apocalipsis nos lo disfrazan de catástrofe. Otras veces llega como una diapositiva con una E ligeramente desalineada. Y entendimos – afortunadamente nunca es demasiado tarde para hacerlo – que algunos finales no traen ceniza: traen semillas.